Un viaje propio

Escrito (y vivido) por: María Johana Cadavid Mesa

Recuerdo leer con cuidado Una habitación propia de Virginia Woolf, y encontrar en su reflexión sobre lo cotidiano una comprensión profunda de las exclusiones históricas a las que nos hemos visto enfrentadas las mujeres, a la que la autora llega a través de una pregunta sobre la relación entre novela y mujer… Hoy estoy acá, sentada, con las piernas amoratadas y la espalda adolorida, después de recorrer casi 800 kilómetros en (y con) una bicicleta, durante diecinueve días, para responder una pregunta inicial: qué pasa hoy en la ruta libertadora que hace 200 años recorrieron los ejércitos de Bolívar, Santander y Anzoátegui. Más allá de esa pregunta formal y objetiva, encontré mis propias preguntas y tejí mis propias respuestas.
Como en cada día del viaje, se me hace un nudo en la garganta y se me nublan los ojos de lágrimas al pensar en el recorrido. Contrario a lo que muchos pensarían, no es por el logro heroico y aventurero, sino por las realidades vividas en “alta definición”, como dice mi compañero. Realidades propias y de otros (otras en general), que estuvieron carcomiéndome la piel y la mente a cada pedaleo, a cada paso, y que incluso hoy me acompañan como fantasmas y me hablan al oído mientras camino por la ciudad o duermo en mi cama.
Enfrentarse a exclusiones históricas en razón de nuestro género es, sin duda, algo normal para todas —seamos o no conscientes de ello—. Pero hacerlo en condiciones adversas, de extrema exigencia física y mental, hace de un “simple” recorrido en bicicleta un viaje al interior de una misma y del sistema en el que has sido confinada a vivir. Algunas de esas realidades me atravesaron el cuerpo directamente; otras llegaron a mí a través del ojo antropológico, que transitaba auscultando vidas ajenas (para reconocerse allí, sin duda). Escribo este texto con el fin de abordar algunas de ellas, no como un ejercicio académico sino como una manera de tatuarme una lista de asuntos fundamentales que no puedo darme el lujo de olvidar, sobre los que he decidido seguir andando de acá en adelante.
Desde el primer día de viaje, o, mejor, desde el segundo, durante el recorrido desde el corregimiento de Pueblo Nuevo (Arauquita) hasta el municipio de Tame, me encontré de frente con escenas que serían solo el inicio de un sinnúmero de ideas que me retumbarían por dentro el resto del viaje:
● La necesidad de probar, todo el tiempo y a todo el mundo (incluida una misma) que, aunque sea mujer, puedo hacerlo. La gente preguntó muchas veces si también venía pedaleando desde Arauca, como si no pudieran verme con sus propios ojos montada en la bicicleta, como todos los demás: “¿Y la dama también viene pedaleando?”, dijo sorprendido el rector de una institución educativa, a lo que uno de mis compañeros respondió, intentando generar empatía con los locales a través del humor: “sí, es que necesitábamos quien nos cocinara”.
Si bien luego pudimos hablar de la situación en equipo y comprender la carga de lo sucedido, la escena fue profundamente reveladora.
“¿Y usted sí está preparada?”, preguntaban otros por redes o en persona, y yo pensaba que en el fondo todos y nadie está preparado para un viaje así.
● Comprender yo misma, y enfrentarme a la falta de comprensión de los demás, de que por ser mujer tengo requerimientos físicos y emocionales diferentes y no tengo ni debo avergonzarme por ellos ni invisibilizarlos. Que a veces necesito llorar al final de la jornada, y que eso no me hace más débil ni me resta disposición para continuar. Que a diferencia de los hombres, debo lidiar con cuidados particulares como los del periodo menstrual, sin pedir o recibir por ello consideración alguna.
● Reconocer la existencia de desventajas físicas a la hora de enfrentarme a situaciones de supervivencia, no por un hecho natural ni biológico, sino por condiciones relacionadas con los roles tradicionales de género a los que históricamente me he visto confinada. Darme cuenta de que, a diferencia de los demás viajeros, desde que era niña estuve confinada a espacios domésticos de juego que no pasaban por la exploración y el entrenamiento físico; que nunca se me permitió hacer parte de equipos deportivos porque eso implicaba ir a campeonatos e intercambios donde no podía ser cuidada y vigilada y, por ende, eran un riesgo para mi integridad. Y entonces, mientras pedaleaba, tuve eternas discusiones (unilaterales) con mi papá y mi mamá por haber jugado ese juego y ponerme en una desventaja de 33 años frente a mis compañeros hombres.
● Enfrentar la condescendencia y la discriminación positiva de los hombres con los que viajaba o que me encontraba en el viaje, que —con buena intención o sin ella— omitían, por ejemplo, información sobre los trayectos para que yo “no me asustara”, como si infantilizarme fuera su manera de protegerme.
● Tener la certeza de necesitar la compañía masculina durante el trayecto, porque el mayor riesgo al que me expongo no es ser robada sino ser violada. En esto pensé, sobre todo, en un viaje anterior que había hecho entre Bucaramanga y Santa Marta, en el cual, de la mano de otra mujer, tuve que enfrentarme a comentarios soeces y acosadores. En este viaje la mayoría eran hombres y eso, obviamente, me blindaba frente a posibles vulneraciones de otros hombres.

Mientras navegaba en ese río de conciencia abrumadora respecto a ser mujer, fui encontrándome también con otras mujeres (hermanas), actuales o históricas, que me dejaron entrever sus propios viajes, sus propias tragedias, sus propias resistencias y luchas transformadoras. Por un lado, me encontré con algunas que hicieron parte de la campaña libertadora de 1819 de tantas maneras como les fue posible: cuidadoras, guerreras, financiadoras, espías, mártires…, y cuya importancia, sin embargo, ha sido minimizada y hasta ridiculizada (ver Valencia, 2013) en los relatos locales y nacionales, que las relacionan exclusivamente con las no menos importantes labores del cuidado, como alimentar las tropas y proveerles vestido, y con su cercanía o pertenencia a las élites centralistas del país. Estos relatos hegemónicos han dejado de lado a las mujeres múltiples y reales:
● Mujeres que fingieron ser hombres para poder combatir como iguales junto con los hombres, como Simona Amaya en Paya (Boyacá): “debió hacerlo […] ya que le estaba prohibido a las mujeres participar en combate”. Simona participó en numerosas batallas como sargento del ejército libertador hasta su muerte, el 25 de julio de 1819, en la Batalla del Pantano de Vargas, donde, al recoger el cuerpo, “fue descubierta su verdadera identidad”(Banco de la República, 2018). Doscientos años después, un hombre de Paya al que le pregunté si sabía algo sobre ella, en medio de una charla sobre la campaña libertadora, solo respondió: “Debió ser la esposa de alguien”.
● Mujeres que fueron robadas o expropiadas por el ejército libertador, como María Rosa Lazzo de la Vega en Nunchía, quien “alimentó y dio refugio a la tropa independentista durante más de cuatro años (entre 1815 y 1819), poniendo a disposición más de 110.000 cabezas de ganado y cerca de 2.000 yeguas y caballos, además de los terrenos de su finca”. Pidió, “en esa época[,] que le pagaran los gastos en los que incurrió, que hoy según historiadores suman varios billones de pesos” (Telesantander, 2019). Doscientos años después aún no se le ha cancelado la deuda, tras someterla a trámites y maniobras legales para no tener que hacerlo.
● Mujeres que aportaron su saber y sus bienes para financiar una causa en la que creían, como Casilda Zafra en Santa Rosa de Viterbo, y que fueron asesinadas —por realistas o por libertadores— debido a su pensamiento político y a su afinidad con algún bando, como Presentación Buenahora y la indígena Justa Estepa en Pore.
● Mujeres como las de hoy, que quedaron a cargo del sustento y el cuidado de sus familias y sus territorios porque la guerra les quitó a sus hombres.
Pero esas mujeres no se encuentran solo en el pasado y en los relatos históricos de los poblados por donde pasamos. También viven en las mujeres que hoy habitan y luchan en los territorios de Arauca, Casanare y Boyacá. Mujeres como Daisy, que procuran trabajar por sus corregimientos sin ser asesinadas, o como Sandra, que intentan construir la memoria del conflicto para no repetirlo; mujeres venezolanas como Gloria, que sobreviven con sus hijos a cuestas en medio de la carretera, a 45 grados centígrados o a 6, con una botella de agua y una cobija húmeda, que buscan a sus esposos porque se han separado en el camino y se rebuscan lo del día para no acostarse con hambre; mujeres como Karen que le apuesta a parir y criar otros mundos posibles; mujeres como Luisa, Nubia y Angélica, que saben de su historia y de sus capacidades, y trabajan incansablemente para empoderarse y empoderar a sus hermanas, para construir alternativas de transformación de sus territorios y de las mujeres que en él habitan, a pesar de tener que enfrentarse para ello a realidades institucionales basadas en la indiferencia.

Y en medio de ese viaje, y de las historias de vida que llegaban para instalárseme en el pellejo y en el corazón, reafirmaba la necesidad de mantenerme firme, de encontrar mi propio ritmo y mis propias estrategias para no desistir, para continuar luchando. Porque a pesar de saber (y, quizás, justo por eso) que este viaje —como todos los viajes: laborales, familiares, de pareja— me iba a costar el triple de esfuerzo que a mis compañeros hombres, debía insistir y mantenerme en las ruedas tanto como pudiera (porque luego supe que no tenía que ser “hasta el final”). Comprendí que debía demostrarme a mí, a mi sobrina, a mi hermana, a mi mamá, a mis amigas, a las niñas y mujeres que me veían pasar, que nosotras también podemos, que siempre podemos, a pesar de, y en respuesta a, un sistema que ha hecho todo para que pensemos y sintamos que no podemos. Comprendí que no era yo la que iba sobre esa bicicleta, sino que íbamos todas… las que hemos sido, las que somos y las que seremos.
Y eso fue lo que me permitió —y nos ha permitido a muchas de nosotras— mantenerme en pie, mantenerme viva. Entendí que debía respirar a un ritmo natural que me procurara calma; entendí que podía sentirme cansada —que sentirme cansada hacía parte del viaje—, pero que podía tomar descansos a mi propio ritmo mientras los demás seguían pedaleando y retomar luego el trayecto cuando sintiera que era el momento de continuar. A veces ese descanso duraba apenas tres segundos, mientras inhalaba y exhalaba, pero esos tres segundos eran vitales para mi estabilidad mental y física. Entendí que no importaba que los demás no tuvieran que descansar tantas veces como yo; ya nos encontraríamos más adelante.
Entendí también que podía pedir y recibir ayuda sin que eso fuera en detrimento de mi fortaleza, porque justo eso, la solidaridad y la empatía frente a la vulnerabilidad o el dolor ajeno, ayudar y dejarse ayudar, es fundamental para sobrevivir —seas hombre o mujer— en medio de la adversidad.
En fin, entendí que para llegar a la meta no debía ser uno de ellos, no solo porque no lo soy sino porque no quiero serlo; porque amo ser mujer —aunque duela como duele— y masculinizarse —física o emocionalmente— con el fin de ponerse en “igualdad” de condiciones para la “competencia” no puede ser el camino que tomemos para poder emprender viajes al interior de nosotras mismas o por el mundo… Porque lo que necesitamos es otras maneras de recorrer esos caminos: múltiples maneras, múltiples caminos. Lo que necesitaba era responderme a mí misma quién soy y por qué, qué tipo de viaje puedo y estoy dispuesta a hacer, y qué debo sembrar en mí para lograrlo. Eso me salvó.
Aunque íbamos juntos, cada uno debía hacer su propio viaje. Ir juntos siempre será (como en la vida de pareja, en la familia, con lxs amigxs) un regalo y un reto: acompañarse sin perder el ritmo propio, dar al otro el espacio suficiente para que pueda mantener su vuelo, levantar las alas mientras el otro las pone abajo; volar juntos partiendo de diferentes orillas, observando diferentes detalles, poniendo distintos aspectos vitales en el aletear… Volar sin irse demasiado lejos, sin perderse jamás de vista.
Cuando sentí que me acercaba a la derrota fue clave para mí buscar, a pesar de la distancia y valiéndome de la tecnología o de las historias de vida que encontraba en el camino, la compañía de otras mujeres. De la mano de ellas entendí la importancia de recordar cada noche lo que me permitía avanzar cada día, volver sobre aquellas cosas que me daban fortaleza y aquellas que me llenaban de frustración, volver sobre cada dolor para entender cuáles hacían parte de la angustia de enfrentarse a lo desconocido y cuáles, por el contrario, eran un llamado de mi cuerpo a recogerme y cuidarme, a mí misma y al equipo del que hacía parte, como cuando me devolví del Páramo de Pisba y tuve la certeza de estar haciendo lo mejor para mí y para el grupo.
Con la ayuda de las mujeres que me acompañaron (física y virtualmente), entendí que, finalmente, es así como una se mueve en la vida: recordando lo que una —o sus antecesoras— ha podido hacer, haciendo cosas nuevas y poniéndose metas (así no siempre se llegue a ellas de la manera esperada).
Ochocientos kilómetros después, diecinueve días más tarde, siento que, a través de un viaje propio, he llegado a un nuevo lugar adentro mío.
Al llegar, después de enterarse por redes de la finalización del viaje, Nubia, de Nunchía, me escribió: “Felicitaciones por su gran logro, eres muy valiente, nunca pensé que las mujeres fueramos tan fuertes”. Con lágrimas en los ojos, solo atiné a contestar: “Sí, una nunca cree lo fuerte que puede ser hasta que se da la oportunidad y se acompaña a sí misma a intentarlo”. Lo decía pensando en mí, claro, pero sobre todo pensando en ella, en Daisy, en Sandra, en Angélica, en Luisa, en Karen, en las niñas que me miraban desde las ventanas de las escuelas al pasar, en Simona, en Casilda, en Presentación, en Justa, en María Rosa, en mi hermana, en mi sobrina, en mi mamá, en mis tías, en mis abuelas, en mis amigas… en todas: las que hemos sido y las que seremos, y en la capacidad que hemos tenido de cuidar la vida y cuidarnos a nosotras mismas, y también en la capacidad que hemos tenido de emprender batallas por la transformación del mundo que nos rodea, desde lo cotidiano y desde lo estructural, desde la casa y desde la plaza, desde el cuerpo y desde la política, desde el cuidado y desde el ejercicio dialéctico.
Entendí y agradecí. Agradezco ser la mujer que soy, y agradezco haber podido hacer este viaje propio al interior de mí misma y del país que habito.
DSCF7247

About Misia Airam Catellus

Antropóloga, pueblerina y feminista… Del mismo modo en el sentido contrario. Me gusta lo cotidiano, sobre todo si viene con cantos de sirirí y flores amarillas.
This entry was posted in Uncategorized. Bookmark the permalink.

7 Responses to Un viaje propio

  1. Tatiana Sarmientoo says:

    Sin duda fue su viaje, sin duda la pedaleada la dio por usted y por todas, así como este relato que al leerla conecta con las tristezas de no haber sido vistas, no como un magico poder que nos habita, no, es el recuerdo del no lugar que muchos o incluso nosotras mismas no hemos dado. Su historia sin duda no es suya, es nuestra, entra en las tripas, pasa por el corazón y permite recordar esos viajes que hemos hecho cada una, esas exclusiones que hemos enfrentado y esas ropturas o logros cotidianos que nos hacen mas fuertes y nos permiten confiar en que esos caminos que habitamos desde nuestra feminidad son posibles. Con lagrimas en los ojos la leo y agradezco el vínculo, la compañia y la palabra compartida, el abrazo fraterno y la hermandad que no requiere de sangre, solo de vida y de historia. Gracias por el camino y el viaje, por recordarme que sigue siendo posibles.

    • airamcatellus says:

      Gracias infinitas por la compañía y la complicidad, sin ella nada de esto o de lo por venir sería posible.

  2. Diana Carolina says:

    Hermoso!!!. Gracias por compartir esta experiencia en que muchas nos identificamos. Seguir el camino de la vida como mujer de seguro no es fácil, el peso cultural lo llevamos a todos lados. Pero lo que si es seguro es que somos seres humanos y en la humanidad nos necesitamos todos. Cada uno aporta mucho para sobrevivir. El despojarnos de conceptos mujer y hombre, femenino y maculino. Nos ayuda a ser fuertes y crecer como ser humano. Somos fuertes y valientes, y en la adversidad nos damos cuenta que nos somos nada si no se construye una fuerza conjunta.
    Te ageadezco por tus palabras. Un abrazo.

    • Misia Airam Catellus says:

      Gracias Diana Carolina por leer y encontrarte allí. En el fondo vamos acompañandonos desde diferentes lugares para transformar el mundo. Un abrazo grande.

  3. Nubia Rosió Acevedo says:

    Gracias Johana por trasmitir sus vivencias, porque sin tiempo para compartir, pudo notar las grandes luchas y batallas que como mujeres de esta zona hemos tenido que emprender para ser instrumento de servicio a nuestras comunidades y sobre todo para que más mujeres puedan emprender su propio viaje, buscando mejorar su calidad de vida y la de sus familias. Dios te bendiga.

    • Misia Airam Catellus says:

      Gracias Nubia por las enseñanzas, son uds quienes me llenaron de aprendizajes y me acompañaron en mi viaje propio. Infinitas gracias por eso.

  4. Pingback: Bicientenario | Un viaje propio

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s