Crónica de un viaje propio por la ruta libertadora (en bicicleta)

yo en la inmensidad
Escrito por: María Johana Cadavid Mesa*
Fotografías: Nelson Cárdenas Ferreira**

Es el año 2019 y estoy acá, llorando, con las piernas amoratadas y la espalda adolorida, después de recorrer ochocientos kilómetros en una bicicleta, durante veinte días, en compañía de mi pareja y un amigo, para responder una pregunta inicial: qué pasa hoy en la ruta libertadora que hace 200 años recorrieron los ejércitos de Bolívar, Santander y Anzoátegui. Más allá de esa pregunta objetiva, el viaje me permitió formular mis propias preguntas y tejer mis propias respuestas.
Todavía lloro al pensar en el recorrido, no por la hazaña sino por las realidades vividas en “alta definición”, propias y otras, que estuvieron carcomiéndome la existencia a cada pedaleo. Algunas me atravesaron el cuerpo; otras llegaron a mí a través del ojo etnográfico, que transitaba auscultando vidas ajenas. Todas asuntos fundamentales sobre los que se requieren nuevos relatos desde múltiples voces y sobre los que (me) es necesario seguir pedaleando.

***
El segundo día del recorrido, entre el corregimiento de Pueblo Nuevo (Arauquita) y el municipio de Tame, llegamos al corregimiento de Betoyes (Tame) y paramos en su Institución Educativa donde nos hablarían del prócer local, el indígena Inocencio Chincá. Antes de cualquier saludo u ofrecimiento de agüita fresca, un hombre preguntó:
—¿Y la dama también viene pedaleando?
Yo, la única mujer del equipo, miré sin responder al hombre que preguntaba detrás de un escritorio. No lograba imaginar cómo creía él que yo había llegado hasta allí. Mientras mi mente daba vueltas a esta idea, uno de mis compañeros respondió:
—Sí, la trajimos porque necesitábamos quién nos cocinara.
Escuché risas de fondo, y en ese momento el interés por la historia libertadora perdía sentido, pues entendí que el viaje sería, sobre todo, un viaje al interior de mí misma y de una sociedad que te excluye por ser mujer. Esta comprensión sería exacerbada por las condiciones de extrema exigencia física y mental a las que me enfrentaría, y por otras mujeres, actuales o históricas, que encontraría en el camino, quienes me dejarían entrever sus propios viajes, tragedias y luchas.
Reafirmé, además, una sospecha: tendría que probar, todo el tiempo y a todo el mundo (incluida yo misma) que, aunque sea mujer, podía hacerlo:
—¿Y usted sí está preparada? —preguntaban por redes o en persona.
En el fondo todos y nadie está preparado para un viaje así, pensaba yo.
En ese mismo corregimiento, mientras esperábamos a unos jóvenes que nos guiarían por una mejor ruta hacia Tame, conocimos a Daisy, una lideresa social que nos habló de los problemas del pueblo: del Estado, que sólo llegaba en forma de armas y guerra y la estigmatización que eso conlleva, de la falta de agua limpia y de títulos de sus tierras; de cómo habían aprendido a solucionar esos problemas para poder sobrevivir; y de la importancia de la Junta de Acción Comunal —que ella ha liderado— para resolver los conflictos, concertar con los actores armados en la zona y permanecer en el territorio todos estos años.
Con esos relatos y su fuerza, hicimos el último trayecto del día: unos treinta kilometros por una vía terciaria en buen estado, rodeada de árboles de mangos y aves nativas: las corocoras y su increíble color anaranjado, los inmensos gabanes de elegantes plumajes, los arrendajos que gastan horas construyendo complejos nidos, o los oportunistas caracara que esperan a borde de camino o sobre el lomo del ganado el alimento diario.
En este tramo debíamos pasar el primero de muchos ríos, el Guata, y supe que estaba ante mi primera prueba física. Tuve miedo de mi eventual incapacidad para lograrlo: nunca había cruzado un río de orilla a orilla, nunca había cargado mi bicicleta por largos trayectos… Les pregunté a los jóvenes con los que íbamos:
—¿Hasta dónde me llegará el caudal del río?
Como era la más pequeña e inexperta del grupo, era importante para mí este dato. Antes de que pudieran responder, uno de mis compañeros sugirió:
—No le digan nada, para que no se asuste.
Infantilizarme era su manera de “protegerme”.
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Para mi fortuna, el río era pequeño, angosto y poco profundo, con suelo de arena y suave corriente. Con la ayuda de aquellos jóvenes fue fácil cruzarlo. Mientras lo hacía, me preguntaba por mis desventajas físicas a la hora de enfrentarme a situaciones de supervivencia, no por un hecho biológico, sino por los roles tradicionales de género a los que históricamente me he visto sometida. Me daba cuenta que, a diferencia de los demás viajeros, desde que era niña estuve confinada a espacios domésticos de juego que no pasaban por la exploración y el entrenamiento físico; de que nunca se me permitió hacer parte de equipos deportivos porque eso implicaba ir a campeonatos donde no podía ser vigilada y, por ende, eran un riesgo para mi integridad física. Mientras pedaleaba, tuve eternas discusiones (imaginarias) con mi familia por haber jugado ese juego y ponerme en una desventaja de 33 años frente a mis compañeros hombres.

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Tras descansar un día en Tame, antes de llegar a Hato Corozal, hicimos una parada en la vereda El Control para tomar agua y comer galletas en la tienda de los Velandia. Era la hora del recreo en la escuela de enfrente, y cinco niños y una niña salieron a investigar de qué se trataba eso de tres personas en bicicleta. Siempre que esto pasó, era sólo una niña —máximo dos— la que salía corriendo a nuestro encuentro, en medio de muchos niños curiosos que pedían dar vuelta en las bicis, ver las cámaras y tomarse fotos. Como en una conversación íntima, las niña y yo nos miramos, re-conociéndonos y entendiendo que, aunque era bello encontrarnos en el camino, algo de su viaje y del mío no iba del todo bien… Que éramos más que ella y yo, que teníamos que ser más. Con esa premisa íntima resonándome por dentro, retomamos el camino.
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Después de pasar por Paz de Ariporo y de escuchar sus historias de guerras y paz, llegamos a Pore, donde conocimos a Luisa Archila, una mujer de ascendencia santandereana y llanera por adopción, quien nos convidó a una lasagna deliciosa, mientras nos contaba de su vida y de esta tierra. Desde que llegó a la región se enamoró de su historia y de las mujeres que la constituyen. Presentación Buenahora y Justa Estepa son dos referentes fundamentales, no sólo en la historia de la independencia del Casanare sino también en su proceso personal de empoderamiento como mujer y de organización colectiva con otras mujeres. “Presentación Buenahora fue una mujer poreña que mantuvo buena parte de las tropas insurgentes de Ramón Nonato Pérez y Santander, y fue fusilada por ello en 1816, cuando la reconquista española”, dijo. Justa Estepa, por su parte, “fue una indígena fusilada en 1817 por ser informante de grupos patriotas en los Llanos”. Estas mujeres, al igual que otras que encontraría más adelante, no son reconocidas en el país debido a que la Historia nacional ha sido un relato hegemónico, no sólo patriarcal sino profundamente centralista. Con ellas como ejemplo e inspiración, Luisa creó la Corporación Próceres, Mártires y Heroínas para trabajar por el empoderamiento físico, cultural y económico de las mujeres en la región.
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Dos días después, al llegar a Nunchía —un pueblo colonial de ceibas y algarrobos florecidos—, y tras enfrentar la primera cuesta del trayecto en la subida a Tablón de Tamara y cruzar el inmenso río Pauto, conocí a otras mujeres que me dejaron ver que Luisa no era una excepción.
Nubia Acevedo y Angélica Cañaveral, por ejemplo, lideran procesos asociativos para fortalecer la economía campesina de la región. Nubia atiende un restaurante de comida tradicional en la plaza del pueblo y lidera Asoplazacampesina, una asociación que busca contribuir a la soberanía alimentaria de las comunidades rurales, haciendo frente al modelo agroindustrial y extractivista que se ha consolidado en la región a través de los años. Angélica, por su parte, es una paisa llegada a los Llanos que administra un hotel de árboles florecidos y mangos maduros, como parte de un proyecto que aspira a posicionar a Nunchía como centro turístico, con la ayuda de otras mujeres, artesanas y productoras.
Tambien conocí a Sandra Garzón, una comunicadora social que trabaja por la memoria del conflicto armado en su municipio y la reparación de las casi 800 víctimas que ha dejado. A su corta edad, y a pesar de haber sufrido en carne propia las consecuencias de la guerra, cree en la paz y en la posibilidad de otro país.
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Además de hablar de sus luchas, ellas me contaron de María Rosa Lazzo de la Vega, una mujer de este pueblo que hace 200 años alimentó y dio refugio a la tropa independentista, poniendo a su disposición ganado, yeguas y los terrenos de su hacienda “Tocarías”. Según ellas, representa lo acogedor y solidario de su pueblo, pero también la indiferencia estatal frente a sus necesidades y las de sus comunidades, porque a pesar de que le prometieron reembolsarle sus aportes tras el triunfo de la campaña libertadora, y de que lo solicitó por cuanto medio tuvo, nunca le pagaron ni un peso de lo que hoy serían billones.
Esto, sumado a las historias de Presentación Buenahora y Justa Estepa, me permitió dimensionar mejor la deuda histórica con el papel de las mujeres en la revolución, de la que hicieron parte de tantas maneras como les fue posible: cuidadoras, guerreras, financiadoras, espías, mártires, víctimas… Su importancia ha sido minimizada y hasta ridiculizada en los relatos locales y nacionales, que las relacionan exclusivamente con las no menos importantes labores del cuidado, y con su cercanía o pertenencia a las élites centralistas del país. Estos relatos hegemónicos han dejado de lado a las mujeres reales, sus aportes fundamentales y sus múltiples dolores.
Iba entendiendo también que esas mujeres no se encontraban sólo en los relatos sobre el pasado de los poblados por donde pasábamos, sino que viven en las mujeres que hoy habitan y luchan a lo largo y ancho de Arauca, Casanare y Boyacá. Y fue eso, sin duda, lo que me dio fuerzas al día siguiente.

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En el trayecto entre Nunchía y Morcote (Paya) empezamos a subir el piedemonte y debimos recorrer largas pendientes por carreteras destapadas que, aunque permitían rodar, requerían de un esfuerzo físico y mental permanente. Me frustraba sentir que me agotaba rápidamente y que mis compañeros podían pedalear largos trayectos sin parar y sortear grandes piedras sin caerse, mientras yo me repetía: “no voy a poder, no voy a poder, no voy a poder”.
Arrastrando la bicicleta, y con ganas de llorar, llegué a Morcote al final de la tarde. Mientras hablaba con mi pareja sobre lo difícil que había sido este trayecto para mi y lo asustada que estaba, nos descubrimos usando un lenguaje casi incomprensible para el otro: yo lloraba; él me pedía que no lo hiciera si no quería derrotarme más fácilmente.
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La Babel emocional en la que nos encontrábamos hacía más dramática la escena. Necesitábamos estar solos un momento y entender qué pasaba.
Esa noche busqué el arbolito adonde llegaba señal de celular e hice una llamada a una amiga. Ella y las historias de mujeres que había encontrado en el camino me ayudaron a tranquilizar esa vocecita interna que me incitaba a rendirme, y a quitarme de encima el peso de la vergüenza y dejar de ver el llanto como debilidad para entenderlo como desahogo. Me recordaron que ayudar y dejarse ayudar es fundamental para sobrevivir —seas hombre o mujer—, la importancia de respirar a un ritmo natural, que el cansancio era parte del viaje y no había nada malo en descansar, incluso mientras los demás seguían pedaleando, pues podía retomar el trayecto cuando sintiera que era el momento de continuar. A veces ese descanso duraba tres segundos, mientras inhalaba y exhalaba, pero era vital.
Ellas me ayudaron a comprender que debía volver la mente y el corazón constantemente sobre aquellas cosas que me daban fortaleza y aquellas que me llenaban de dolor, para entender cuáles hacían parte de la angustia de enfrentarse a lo desconocido y cuáles, por el contrario, eran un llamado de mi cuerpo a recogerme y cuidarme; que, finalmente, es así como una se mueve en la vida: recordando lo que una —o sus antecesoras— ha podido hacer, haciendo cosas nuevas y poniéndose metas (así no siempre se llegue a ellas de la manera esperada).
Al día siguiente, con esas reflexiones en la mente y en el pellejo, llegué a Paya, encabezando por primera vez nuestro pequeño grupo de ciclistas. Allí conocí la historia de Simona Amaya, una mujer que fingió ser hombre para poder combatir en el ejército libertador. Supe después que debió hacerlo porque estaba prohibido que las mujeres se enlistaran. Simona lideró un importante regimiento en numerosas batallas, como sargento del ejército libertador, hasta su muerte en la Batalla del Pantano de Vargas, cuando, al recoger el cuerpo, fue descubierta su identidad.
Fue una mujer que decidió realizar una actividad exclusiva de los hombres y se enfrentó a barreras culturales y físicas para lograrlo; una mujer que, como las demás, como yo misma, me hablaba de confinamientos pero también de liberaciones.
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Al llegar a su pueblo natal lo primero que vi fue un gran mural de ella, cabalgando a la izquierda de Simón Bolívar, con la cabellera escondida bajo un trapo y una camisa con un pequeño escote. Al lado del mural, un hombre sonriente tomaba cerveza. Cuando le pregunté si conocía su historia, en medio de una charla sobre la campaña libertadora, respondió:
—Debió ser la esposa de alguien.
Había una profunda conexión entre esa afirmación y aquella que días antes había hecho ese hombre incrédulo ante la posibilidad de que una mujer recorriera en bicicleta la ruta del ejército libertador:
—¿Y la dama también viene comandando? —le habrían preguntado con condescendencia a Simona doscientos años atrás si la hubieran conocido.
Escucharlo consolidaba la necesidad de mantenerme firme, de encontrar mis propias estrategias para no desistir. Porque a pesar de saber (y, quizás, justo por eso) que este viaje —como todos los viajes: laborales, familiares, de pareja— me iba a costar el triple de esfuerzo que a mis compañeros hombres, debía mantenerme en las ruedas tanto como pudiera, pues debía demostrarme a mí, a mi sobrina, a mi hermana, a mi mamá, a mis amigas, a las niñas y mujeres que me veían pasar, que nosotras también podemos, siempre podemos, a pesar de un sistema que ha hecho todo para que pensemos y sintamos que no.
Eso fue lo que me permitió —y nos ha permitido a muchas de nosotras— mantenerme en pie. Me salvó entonces, y me salvó dos días después, cuando, tras recorrer trochas intransitables hasta para una moto, y navegar por paisajes empinados de luces y contraluces montañosas, llegamos al municipio de Pisba para cruzar aquel páramo del épico paso de las tropas libertadoras. A pesar de haber coordinado lo necesario para cruzarlo, como el alquiler de las mulas que cargarían las bicicletas, las mujeres del pueblo (doña Elvia, doña Dorelly, Manuela, todas de apellido Pidiache, uno de los más comunes de Pisba) nos insistieron en la necesidad de llevar más abrigo, más comida, más cuidado. Sabían algo que nosotros apenas estábamos por aprender: que “con el páramo no se juega” y lo que imaginábamos como posible no era nada en comparación con lo que podía pasar…
En la vereda de Pueblo Viejo (Socotá) supimos que la cosa estaba difícil: la Junta de Acción Comunal no estaba permitiendo alquilar mulas a nadie que no fuera de ahí, porque por esos días el gobierno nacional andaba con la idea de delimitar el páramo y determinar que ningún campesino podía vivir más arriba de los 3.000 m.s.n.m., y mucho menos sembrar comida, cortar leña o abrir caminos —ni siquiera el que la gente ya estaba abriendo para acortar el tramo de doce horas de viaje hasta Socha—. Vino la policía, se llevaron las máquinas y prohibieron continuar con la trocha, y entonces la gente estaba brava porque “lo que pa ustedes es diversión pa nosotros es vida diaria. Si no quieren que estemos en el páramo, vayan al páramo sin nosotros”.
Estabamos ante una especie de paro campesino y debíamos tomar una decisión: continuar la ruta sin ayuda o devolvernos y tomar una ruta alterna, más larga pero más segura.
Después de escuchar a la gente, yo no le encontraba mucho sentido a continuar; pero Pablo, nuestro amigo, seguro de su capacidad física, sí. Nelson, mi pareja, hizo una propuesta mediadora: intentarlo, ver el terreno y las posibilidades, y devolvernos si nos dábamos cuenta de que no lo lograríamos. Aceptamos, para no desistir sin haberlo intentado, y nos fuimos a dormir. Me acosté entre las cobijas que nos prestaron doña Eistenia Estepa y don Jesús Meldivieso, los campesinos que nos acogieron esa noche, a imaginar qué podría pasar al otro día; a ponerme un poco en el lugar de ellos, que protestaban porque necesitaban ahorrarse las seis horas de viaje en mula necesarias para poder ir a mercar; y a pensar en la familia de una niña que unas semanas atrás había muerto por una apendicitis que se volvió peritonitis durante las doce horas que toma llegar a un hospital; y en nosotros, que después de recorrer más de 400 kilómetros sentíamos que debíamos hacer tanto como pudiéramos por terminar el viaje.
Eistenia
Con un pedazo de panela y unas arepuelas que nos regaló doña Eistenia, arrancamos temprano por un camino de herradura, empedrado, estrecho y emparamado, que no permitía poner a rodar las bicicletas y nos obligó a cargarlas todo el tiempo en la espalda: contar veinte pasos, parar, descargar, respirar, buscar algún indicio del fin de la subida, rogar para que alguna caravana de campesinos en mula se compadeciera de nosotros, quitarse la lluvia de los ojos, agarrar de nuevo la bicicleta, montarla al hombro con torpeza y contar veinte pasos más. Encontramos peñascos en los que fue más facil tirar la bicicleta o escalar agarrado de ella. Cuando pensamos en devolvernos, habían pasado unas siete horas y sólo habíamos recorrido seis kilómetros de camino —los seis kilómetros más largos de mi vida—. Devolverse era casi tan difícil como continuar y pronto se iría la luz del día.
paramo campesinos
Improvisamos un cambuche donde nos acurrucamos los tres por unas horas, hasta que empezó a llover y debimos sentarnos para que el agua no mojará la poca ropa seca que teníamos. El temblor en el cuerpo sólo se calmaba un poco cuando comíamos algo; y así, intentando pasar la noche, casi nos acabamos las pocas provisiones del día siguiente. Para mantener la calma, escuchábamos una radio chiquitica que tenía Pablo, que sólo sintonizaba Piedemonte Stereo y Radio Martí… Nos preguntábamos la hora cada tanto, y hacíamos pequeños turnos para dormir recostados en las piernas del otro.
Temblando, hambrienta, adolorida y cansada, entendí que nuestras vidas estaban en riesgo, y volví sobre las reflexiones que me habían mantenido firme días atrás. Lo había dado todo, había cargado y arrastrado mi bicicleta de todas las formas posibles, tenía las piernas amoratadas por el esfuerzo, había comido pequeñísimas porciones de arepuela y panela procurando dejarles a los demás un pedazo igual, los había acurrucado a ambos para agarrar su calor y darles del mío. Estaba en un lugar en el que nunca me había imaginado… Y me abracé por eso. Pero supe que era el momento de recogerme y cuidarme, a mí misma y al equipo, pues arriesgarme significaba exponerlos a una carga adicional. Decidí que al día siguiente me devolvería.
mis piernas
Lo conversé con mis compañeros, sobre todo con el que me acompaña en la vida, y descubrimos que, aunque íbamos juntos, cada uno estaba haciendo su propio viaje, a su propio ritmo, poniendo distintos aspectos vitales en el andar.
Nelson se devolvió conmigo.
Pablo decidió continuar solo.

***

Nelson y yo llegamos a Pisba en la noche, a casa de doña Elvia, la misma que antes nos había recomendado cuidado para el páramo. Debimos quedarnos allí un día porque era viernes santo y en esos días todo se aquieta: no había bus, ni nadie que vendiera tiquetes o se arriesgara a conducir un carro.
El viacrucis de ese día se había hecho, después de muchos años, en el cerro del pueblo, el Pan de Azúcar, que gracias al proceso de paz entre el gobierno y las FARC estaba libre de minas. Fue el renacer de un pueblo donde casi el diez por ciento de la gente ha sido víctima de masacres, desapariciones y desplazamientos. Doña Elvia espera que esas cosas, imborrables en su memoria, no vuelvan a repetirse jamás… Un poco como mis recuerdos de la noche anterior en el páramo, pensaba yo.
viacrucis
En la tarde, tras una llamada desde Peñas Negras, una vereda al otro lado del páramo, supimos que Pablo estaba vivo… Al día siguiente, tras rodear el páramo por una vía alterna, nos reunimos con él para abrazarlo y hacer el tramo que nos faltaba para llegar al puente de Boyacá. Retomé fuerzas para continuar gracias a la historia de Matilde Anaray, la niña de Socha que hace 200 años fue la primera en donar su ropa a los sobrevivientes del ejército libertador que cruzaron el páramo, como acto de solidaridad con su lucha. Me investí simbólicamente con su vestido de primera comunión, y me monté fortalecida en mi bicicleta para retomar el viaje por esos caminos que daban entrada al centro del país.
En medio de lluvias y carreteras pavimentadas que nos permitieron volver a pedalear fácilmente, conocí la tierra de Casilda Zafra —Santa Rosa de Viterbo— y su historia: la de una mujer que seguía sus instintos y se valía de sus saberes ancestrales para actuar. Esa intuición le permitió saber que el potro que su yegua pariría cuatro años antes de la batalla del Pantano de Vargas debía ser regalado a Bolívar, pues su oráculo le había dicho que “ese potro era para un general chiquito y negrito muy importante para el país”.
Karen
Unos kilómetros más adelante, en Tunja, conocí a Karen Vega, enfermera de profesión y doula y partera por convicción, quien le apuesta a parir y criar a través de la recuperación de saberes ancestrales. Con la certeza de que el cuidado y los instintos femeninos que Casilda y Karen me recordaban me habían salvado, y la paciencia y fuerza de mis compañeros, llegué al Puente de Boyacá. Pero no era la misma que había partido de Arauca: ochocientos kilómetros y veinte días después, había llegado a un nuevo lugar adentro mío que me permitía ser otra, otras: éramos muchas e íbamos juntas, agarradas de la mano, con los ojos inundados de lágrimas.
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Al llegar, después de enterarse por redes de la finalización del viaje, Nubia, de Nunchía, me escribió: “Felicitaciones por su gran logro, eres muy valiente, nunca pensé que las mujeres fuéramos tan fuertes”. Conmovida, solo atiné a contestar: “Sí, una nunca cree lo fuerte que puede ser hasta que se da la oportunidad y se acompaña a sí misma a intentarlo”. Lo decía pensando en mí, claro, pero sobre todo en ella, en Daisy, en Sandra, en Angélica, en Luisa, en Karen, en las niñas que me miraban desde las ventanas al pasar, en Simona, en Casilda, en Presentación, en Justa, en María Rosa, en mi hermana, en mi sobrina, en mi mamá, en mis tías, en mis abuelas, en mis amigas…, en todas: las que hemos sido, las que somos y las que seremos, y en la capacidad que hemos tenido de cuidar la vida y cuidarnos a nosotras mismas, de emprender batallas por la transformación del mundo que nos rodea, desde lo cotidiano y desde lo estructural, desde la casa y desde la plaza, desde el cuerpo y desde la política, desde el cuidado y desde el ejercicio dialéctico. Entendí y agradecí. Agradezco ser la mujer que soy, y agradezco haber podido hacer este viaje propio al interior de mí misma y del país que habito.
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*Esta crónica fue ganadora del primer lugar de la categoría “Mejor crónica escrita” en la convocatoria “Reconocimientos de periodismo cultural distintas maneras de narrar nuestro Bicentenario de la Independencia” del Ministerio de Cultura mediante Resolución No. 3391 del 8 de noviembre de 2019.
**Los relatos y fotografías acá expuestos hacen parte del libro “BICIentenario: La Libertad Pendiente”. Más información en http://www.bicientenario.com

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María, mi abuelita feminista…

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Foto: Nelson Cárdenas

María se llamaba mi abuelita; hija de Ana María. Dos mujeres desplazadas por la violencia del 50 desde el norte del Valle hasta el sur de Antioquia.

María Rosalba se llama su hija mayor, mi mamá. María Antonia se llama mi sobrina, la menor de nuestra familia. María Johana yo, que escribo estas líneas.

Marías todas, mujeres todas, pueblerinas todas, mujeres en movimiento.

Hoy mientras regreso del entierro de mi abuelita a mi casa pienso en el nombre que compartimos y pienso entonces en el legado… pienso en eso, que como nuestros nombres, nació con ella y aún no muere. Pienso en las cosas que crecen como semilla de árbol fuerte dentro de mi sobrina; en eso que nació con ella y sus antecesoras y hoy florece como guayacán amarillo en mí y me hace tapete de flores para sentarme adentro mío a recibir este sol de tarde y recordar lo que de ella me queda, lo que por ella soy.

De ella aprendí que el deseo y el placer también era propio de la mujeres. Siempre hablaba de cómo deseaba a su esposo y contaba cuentos, a manera de chiste, en los que ella -o las mujeres en general- disfrutaban irrestrictamente su cuerpo… yo aún no me había acercado al placer sexual en todas sus dimensiones y ya podía hacerme a una imagen a través de sus relatos de hacer el amor al aire libre, de hombres desnudos en los sueños, incluso del placer posible o imposible entre personas del mismo sexo. Para tener su sonrisa en esta foto, por ejemplo, le dije que me sonriera como lo hacía con los muchachos que le gustaban cuando era joven, y ahí está… la sonrisa más bella que tuvo en alguna fotografía a lo largo de su vida.

Aprendí también la libertad y la necesidad de tener vida por fuera del espacio doméstico… aprendí a bailar y cantar, aprendí que las mujeres podíamos tomar aguardiente y salir con amigos a las cantinas del pueblo. Cuando mi hermanita y yo estábamos pequeñas mi abuelita ayudaba a mamá a cuidarnos en las tardes para que ella pudiera ir a trabajar. A veces, se iba a la cantina de enfrente de la casa a bailar y nos ponía en la ventana a mirarla para no perdernos de vista y cuidarnos remotamente. Mi hermanita y yo disfrutabamos al verla y nos reíamos con picardía. Lo disfrutó también nuestro abuelo, que la conoció en medio de un baile en la vereda y no le quitó la vista de encima desde entonces… salían juntos siempre a las cantinas locales y apostaban contra los demás asistentes al que más aguardiente tomara… siempre era ella la que ganaba, gracias al aceite de almendras que tomaba antes de salir de casa.

Aprendí que el amor se podía vivir sin ataduras y formalismos. Por allá en los 50 se fue a vivir con mi abuelo sin casarse oficialmente ante ningún dios o estado, porque el amor estaba ahí y Dios ya lo sabía. Vivieron así hasta que en unas misiones de la iglesia católica “pasaron casando y bautizando a todos por carrotancaos y ahí caímos nosotros”. Sabía también que el amor era difícil y que en este mundo una como mujer muchas veces tiene las de perder… a pesar del amor entre ella y mi abuelo tuvo que enfrentar situaciones que la ponían en desventaja y la vulneraban en su integridad. Quizá por eso me decía en mi adolescencia: “enmocese pero no se case, así puede irse cuando quiera”.

Aprendí la independencia económica, porque como era mi abuelo el que detentaba la propiedad de las fincas, era él quien manejaba la plata… pero “como una no puede depender de los hombres” siempre trabajó en casa y por fuera de ella para garantizarse una mínima independencia económica: vendía papas rellenas y empanadas, alimentaba comensales, jornaleros y recolectores de café… todo lo que pudiera para poderle dar más que comida a sus 22 hijos, que esa se la daba mi abuelo, pero la ropa y los útiles del colegio le tocaba a ella. Trabajó incansablemente, levantándose cada día a las 3 am para hacer su trabajo… incluso los días que había parido; le pedía a su esposo que la cargara hasta la cocina y la dejará allí para hacer arepas, alzar aguapanela y matar la gallina diaria necesaria para recuperarse de la dieta. 880 gallinas debió comer en total tras parir sus 22 hijos… una por día durante 40 días. Muchos de sus hijos no sobrevivieron a la infancia debido a las condiciones económicas y sociales en las que vivían; esto no fue del todo malo para ella. Cuando un hijo moría ponía su nombre al siguiente que nacía, no sólo porque era eficiente en medio de tanto niño parido, sino porque luego de que algunos le dijeran que eso era malo porque el nombre podría condicionar al recién nacido a una vida similar… ella pensó que no era mala idea después de todo: “siempre era mejor no tener tantos hijos, que era duro y el palo no estaba pa’ cucharas.”

Aprendí muchas otras cosas, tan íntimas y tan duras que no puede soportar este papel…. Porque hablar de mi abuelita siempre será polémico, porque son polémicos los cambios y las revoluciones.

Aprendí lo que significa ser mujer, lo que duele y lo que se ama desde allí. Aprendí el feminismo, sin duda.

Aprendimos todas nosotras, las que hacemos parte de su linaje femenino, y hacemos conciencia de ello mientras nos abrazamos para dejar ir su cuerpo y darle vida a su alma adentro nuestro. Se va ella y nos duele como si literalmente nos extrajeran un pedazo vital de adentro nuestro, pero a pesar del dolor (y justo por él) sabemos que somos ella, sin duda, multiplicada y eterna…

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Un viaje propio

Escrito (y vivido) por: María Johana Cadavid Mesa

Recuerdo leer con cuidado Una habitación propia de Virginia Woolf, y encontrar en su reflexión sobre lo cotidiano una comprensión profunda de las exclusiones históricas a las que nos hemos visto enfrentadas las mujeres, a la que la autora llega a través de una pregunta sobre la relación entre novela y mujer… Hoy estoy acá, sentada, con las piernas amoratadas y la espalda adolorida, después de recorrer casi 800 kilómetros en (y con) una bicicleta, durante diecinueve días, para responder una pregunta inicial: qué pasa hoy en la ruta libertadora que hace 200 años recorrieron los ejércitos de Bolívar, Santander y Anzoátegui. Más allá de esa pregunta formal y objetiva, encontré mis propias preguntas y tejí mis propias respuestas.
Como en cada día del viaje, se me hace un nudo en la garganta y se me nublan los ojos de lágrimas al pensar en el recorrido. Contrario a lo que muchos pensarían, no es por el logro heroico y aventurero, sino por las realidades vividas en “alta definición”, como dice mi compañero. Realidades propias y de otros (otras en general), que estuvieron carcomiéndome la piel y la mente a cada pedaleo, a cada paso, y que incluso hoy me acompañan como fantasmas y me hablan al oído mientras camino por la ciudad o duermo en mi cama.
Enfrentarse a exclusiones históricas en razón de nuestro género es, sin duda, algo normal para todas —seamos o no conscientes de ello—. Pero hacerlo en condiciones adversas, de extrema exigencia física y mental, hace de un “simple” recorrido en bicicleta un viaje al interior de una misma y del sistema en el que has sido confinada a vivir. Algunas de esas realidades me atravesaron el cuerpo directamente; otras llegaron a mí a través del ojo antropológico, que transitaba auscultando vidas ajenas (para reconocerse allí, sin duda). Escribo este texto con el fin de abordar algunas de ellas, no como un ejercicio académico sino como una manera de tatuarme una lista de asuntos fundamentales que no puedo darme el lujo de olvidar, sobre los que he decidido seguir andando de acá en adelante.
Desde el primer día de viaje, o, mejor, desde el segundo, durante el recorrido desde el corregimiento de Pueblo Nuevo (Arauquita) hasta el municipio de Tame, me encontré de frente con escenas que serían solo el inicio de un sinnúmero de ideas que me retumbarían por dentro el resto del viaje:
● La necesidad de probar, todo el tiempo y a todo el mundo (incluida una misma) que, aunque sea mujer, puedo hacerlo. La gente preguntó muchas veces si también venía pedaleando desde Arauca, como si no pudieran verme con sus propios ojos montada en la bicicleta, como todos los demás: “¿Y la dama también viene pedaleando?”, dijo sorprendido el rector de una institución educativa, a lo que uno de mis compañeros respondió, intentando generar empatía con los locales a través del humor: “sí, es que necesitábamos quien nos cocinara”.
Si bien luego pudimos hablar de la situación en equipo y comprender la carga de lo sucedido, la escena fue profundamente reveladora.
“¿Y usted sí está preparada?”, preguntaban otros por redes o en persona, y yo pensaba que en el fondo todos y nadie está preparado para un viaje así.
● Comprender yo misma, y enfrentarme a la falta de comprensión de los demás, de que por ser mujer tengo requerimientos físicos y emocionales diferentes y no tengo ni debo avergonzarme por ellos ni invisibilizarlos. Que a veces necesito llorar al final de la jornada, y que eso no me hace más débil ni me resta disposición para continuar. Que a diferencia de los hombres, debo lidiar con cuidados particulares como los del periodo menstrual, sin pedir o recibir por ello consideración alguna.
● Reconocer la existencia de desventajas físicas a la hora de enfrentarme a situaciones de supervivencia, no por un hecho natural ni biológico, sino por condiciones relacionadas con los roles tradicionales de género a los que históricamente me he visto confinada. Darme cuenta de que, a diferencia de los demás viajeros, desde que era niña estuve confinada a espacios domésticos de juego que no pasaban por la exploración y el entrenamiento físico; que nunca se me permitió hacer parte de equipos deportivos porque eso implicaba ir a campeonatos e intercambios donde no podía ser cuidada y vigilada y, por ende, eran un riesgo para mi integridad. Y entonces, mientras pedaleaba, tuve eternas discusiones (unilaterales) con mi papá y mi mamá por haber jugado ese juego y ponerme en una desventaja de 33 años frente a mis compañeros hombres.
● Enfrentar la condescendencia y la discriminación positiva de los hombres con los que viajaba o que me encontraba en el viaje, que —con buena intención o sin ella— omitían, por ejemplo, información sobre los trayectos para que yo “no me asustara”, como si infantilizarme fuera su manera de protegerme.
● Tener la certeza de necesitar la compañía masculina durante el trayecto, porque el mayor riesgo al que me expongo no es ser robada sino ser violada. En esto pensé, sobre todo, en un viaje anterior que había hecho entre Bucaramanga y Santa Marta, en el cual, de la mano de otra mujer, tuve que enfrentarme a comentarios soeces y acosadores. En este viaje la mayoría eran hombres y eso, obviamente, me blindaba frente a posibles vulneraciones de otros hombres.

Mientras navegaba en ese río de conciencia abrumadora respecto a ser mujer, fui encontrándome también con otras mujeres (hermanas), actuales o históricas, que me dejaron entrever sus propios viajes, sus propias tragedias, sus propias resistencias y luchas transformadoras. Por un lado, me encontré con algunas que hicieron parte de la campaña libertadora de 1819 de tantas maneras como les fue posible: cuidadoras, guerreras, financiadoras, espías, mártires…, y cuya importancia, sin embargo, ha sido minimizada y hasta ridiculizada (ver Valencia, 2013) en los relatos locales y nacionales, que las relacionan exclusivamente con las no menos importantes labores del cuidado, como alimentar las tropas y proveerles vestido, y con su cercanía o pertenencia a las élites centralistas del país. Estos relatos hegemónicos han dejado de lado a las mujeres múltiples y reales:
● Mujeres que fingieron ser hombres para poder combatir como iguales junto con los hombres, como Simona Amaya en Paya (Boyacá): “debió hacerlo […] ya que le estaba prohibido a las mujeres participar en combate”. Simona participó en numerosas batallas como sargento del ejército libertador hasta su muerte, el 25 de julio de 1819, en la Batalla del Pantano de Vargas, donde, al recoger el cuerpo, “fue descubierta su verdadera identidad”(Banco de la República, 2018). Doscientos años después, un hombre de Paya al que le pregunté si sabía algo sobre ella, en medio de una charla sobre la campaña libertadora, solo respondió: “Debió ser la esposa de alguien”.
● Mujeres que fueron robadas o expropiadas por el ejército libertador, como María Rosa Lazzo de la Vega en Nunchía, quien “alimentó y dio refugio a la tropa independentista durante más de cuatro años (entre 1815 y 1819), poniendo a disposición más de 110.000 cabezas de ganado y cerca de 2.000 yeguas y caballos, además de los terrenos de su finca”. Pidió, “en esa época[,] que le pagaran los gastos en los que incurrió, que hoy según historiadores suman varios billones de pesos” (Telesantander, 2019). Doscientos años después aún no se le ha cancelado la deuda, tras someterla a trámites y maniobras legales para no tener que hacerlo.
● Mujeres que aportaron su saber y sus bienes para financiar una causa en la que creían, como Casilda Zafra en Santa Rosa de Viterbo, y que fueron asesinadas —por realistas o por libertadores— debido a su pensamiento político y a su afinidad con algún bando, como Presentación Buenahora y la indígena Justa Estepa en Pore.
● Mujeres como las de hoy, que quedaron a cargo del sustento y el cuidado de sus familias y sus territorios porque la guerra les quitó a sus hombres.
Pero esas mujeres no se encuentran solo en el pasado y en los relatos históricos de los poblados por donde pasamos. También viven en las mujeres que hoy habitan y luchan en los territorios de Arauca, Casanare y Boyacá. Mujeres como Daisy, que procuran trabajar por sus corregimientos sin ser asesinadas, o como Sandra, que intentan construir la memoria del conflicto para no repetirlo; mujeres venezolanas como Gloria, que sobreviven con sus hijos a cuestas en medio de la carretera, a 45 grados centígrados o a 6, con una botella de agua y una cobija húmeda, que buscan a sus esposos porque se han separado en el camino y se rebuscan lo del día para no acostarse con hambre; mujeres como Karen que le apuesta a parir y criar otros mundos posibles; mujeres como Luisa, Nubia y Angélica, que saben de su historia y de sus capacidades, y trabajan incansablemente para empoderarse y empoderar a sus hermanas, para construir alternativas de transformación de sus territorios y de las mujeres que en él habitan, a pesar de tener que enfrentarse para ello a realidades institucionales basadas en la indiferencia.

Y en medio de ese viaje, y de las historias de vida que llegaban para instalárseme en el pellejo y en el corazón, reafirmaba la necesidad de mantenerme firme, de encontrar mi propio ritmo y mis propias estrategias para no desistir, para continuar luchando. Porque a pesar de saber (y, quizás, justo por eso) que este viaje —como todos los viajes: laborales, familiares, de pareja— me iba a costar el triple de esfuerzo que a mis compañeros hombres, debía insistir y mantenerme en las ruedas tanto como pudiera (porque luego supe que no tenía que ser “hasta el final”). Comprendí que debía demostrarme a mí, a mi sobrina, a mi hermana, a mi mamá, a mis amigas, a las niñas y mujeres que me veían pasar, que nosotras también podemos, que siempre podemos, a pesar de, y en respuesta a, un sistema que ha hecho todo para que pensemos y sintamos que no podemos. Comprendí que no era yo la que iba sobre esa bicicleta, sino que íbamos todas… las que hemos sido, las que somos y las que seremos.
Y eso fue lo que me permitió —y nos ha permitido a muchas de nosotras— mantenerme en pie, mantenerme viva. Entendí que debía respirar a un ritmo natural que me procurara calma; entendí que podía sentirme cansada —que sentirme cansada hacía parte del viaje—, pero que podía tomar descansos a mi propio ritmo mientras los demás seguían pedaleando y retomar luego el trayecto cuando sintiera que era el momento de continuar. A veces ese descanso duraba apenas tres segundos, mientras inhalaba y exhalaba, pero esos tres segundos eran vitales para mi estabilidad mental y física. Entendí que no importaba que los demás no tuvieran que descansar tantas veces como yo; ya nos encontraríamos más adelante.
Entendí también que podía pedir y recibir ayuda sin que eso fuera en detrimento de mi fortaleza, porque justo eso, la solidaridad y la empatía frente a la vulnerabilidad o el dolor ajeno, ayudar y dejarse ayudar, es fundamental para sobrevivir —seas hombre o mujer— en medio de la adversidad.
En fin, entendí que para llegar a la meta no debía ser uno de ellos, no solo porque no lo soy sino porque no quiero serlo; porque amo ser mujer —aunque duela como duele— y masculinizarse —física o emocionalmente— con el fin de ponerse en “igualdad” de condiciones para la “competencia” no puede ser el camino que tomemos para poder emprender viajes al interior de nosotras mismas o por el mundo… Porque lo que necesitamos es otras maneras de recorrer esos caminos: múltiples maneras, múltiples caminos. Lo que necesitaba era responderme a mí misma quién soy y por qué, qué tipo de viaje puedo y estoy dispuesta a hacer, y qué debo sembrar en mí para lograrlo. Eso me salvó.
Aunque íbamos juntos, cada uno debía hacer su propio viaje. Ir juntos siempre será (como en la vida de pareja, en la familia, con lxs amigxs) un regalo y un reto: acompañarse sin perder el ritmo propio, dar al otro el espacio suficiente para que pueda mantener su vuelo, levantar las alas mientras el otro las pone abajo; volar juntos partiendo de diferentes orillas, observando diferentes detalles, poniendo distintos aspectos vitales en el aletear… Volar sin irse demasiado lejos, sin perderse jamás de vista.
Cuando sentí que me acercaba a la derrota fue clave para mí buscar, a pesar de la distancia y valiéndome de la tecnología o de las historias de vida que encontraba en el camino, la compañía de otras mujeres. De la mano de ellas entendí la importancia de recordar cada noche lo que me permitía avanzar cada día, volver sobre aquellas cosas que me daban fortaleza y aquellas que me llenaban de frustración, volver sobre cada dolor para entender cuáles hacían parte de la angustia de enfrentarse a lo desconocido y cuáles, por el contrario, eran un llamado de mi cuerpo a recogerme y cuidarme, a mí misma y al equipo del que hacía parte, como cuando me devolví del Páramo de Pisba y tuve la certeza de estar haciendo lo mejor para mí y para el grupo.
Con la ayuda de las mujeres que me acompañaron (física y virtualmente), entendí que, finalmente, es así como una se mueve en la vida: recordando lo que una —o sus antecesoras— ha podido hacer, haciendo cosas nuevas y poniéndose metas (así no siempre se llegue a ellas de la manera esperada).
Ochocientos kilómetros después, diecinueve días más tarde, siento que, a través de un viaje propio, he llegado a un nuevo lugar adentro mío.
Al llegar, después de enterarse por redes de la finalización del viaje, Nubia, de Nunchía, me escribió: “Felicitaciones por su gran logro, eres muy valiente, nunca pensé que las mujeres fueramos tan fuertes”. Con lágrimas en los ojos, solo atiné a contestar: “Sí, una nunca cree lo fuerte que puede ser hasta que se da la oportunidad y se acompaña a sí misma a intentarlo”. Lo decía pensando en mí, claro, pero sobre todo pensando en ella, en Daisy, en Sandra, en Angélica, en Luisa, en Karen, en las niñas que me miraban desde las ventanas de las escuelas al pasar, en Simona, en Casilda, en Presentación, en Justa, en María Rosa, en mi hermana, en mi sobrina, en mi mamá, en mis tías, en mis abuelas, en mis amigas… en todas: las que hemos sido y las que seremos, y en la capacidad que hemos tenido de cuidar la vida y cuidarnos a nosotras mismas, y también en la capacidad que hemos tenido de emprender batallas por la transformación del mundo que nos rodea, desde lo cotidiano y desde lo estructural, desde la casa y desde la plaza, desde el cuerpo y desde la política, desde el cuidado y desde el ejercicio dialéctico.
Entendí y agradecí. Agradezco ser la mujer que soy, y agradezco haber podido hacer este viaje propio al interior de mí misma y del país que habito.
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El capitalismo y la tienda de mi papá

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Foto: Nelson Cardenas

Un día leí que Eric Hobsbawm explicaba que una de las características propias del mundo rural-campesino residía en que el patrimonio y el trabajo existían de manera articulada y complementaria y que además este patrimonio se constituía en un bien o ámbito exclusivamente familiar. Hace unos días recordé esto debido a una experiencia propia: mi papá había decidido cerrar “La Tienda”, un lugar situado en la esquina de un pueblo antioqueño, al lado de la iglesia de la plaza principal, pintadito de colores y lleno de “chécheres” colgados en el techo.

Cerrar una tienda, una decisión y una situación que es triste per se, en la medida en que antes que nada muestra que alguien que ha invertido sus recursos económicos en algo parece no haber tenido rentabilidad suficiente para mantenerlo, y entonces, como un sueño que no se cumple, un negocio muere. Pero más allá de eso, un dolor agudo y denso se me instalaba por dentro ante cada noticia del avance del cierre: “Ya está acabándose la mercancía que hay”, “ya estoy regalando las cosas que no voy a necesitar más”, “¿será que usted quiere el radio de pilas que era del abuelito?”, “¿le guardo el cuadro de la virgen del Carmen que era de la abuelita?”… preguntaban mi papá y mi mamá a kilómetros de distancia a través de un teléfono. Se me partía el corazón mientras intentaba entender por qué me dolía tanto lo que podía ser una simple y merecida jubilación de mi papá, que desde sus 6 años trabajaba allí: primero lavando pocillos, luego empacando mercados, luego co-administrando con su papá el negocio, para finalmente retomar sólo las riendas de un caballito que le pagaba a cuotas a su progenitor. Y, entonces, ahí llegó a mi cabeza –o a mi corazón- ese planteamiento de Hobsbawm, entendí que el patrimonio familiar, eso por lo que habíamos trabajado conjuntamente todos y todas, por tres generaciones, moría en ese instante… Y entonces ahí pude llorar mi dolor y escribir estas letras.

Siento que me crece una indignación profunda, una revoltura de panza por cada campesino y campesina que como mi papá y mi mamá deben perder su tierra por la imposibilidad de ‘competir en el libre mercado’, por la imposibilidad de tener una economía sostenible ante un Estado que exige tributación pero no devuelve derechos materializados”

Perdoné mi egoísmo, porque comprendí que estaba perdiendo con eso un pedazo de mí y de mi historia, que debía comenzar a enunciarme desde otro lugar y pensarme lo que soy y como soy desde la memoria, como un ejercicio político sobre lo que fui y lo que estaba perdiendo.

Pude entonces en ese momento, mientras re-tejia recuerdos, agradecer… agradecer a ese lugar por haber sido el espacio de disertación y formación política que fue, donde en cada elección popular y durante cada periodo de gobierno pude escuchar discusiones y múltiples posturas críticas en confrontación, de personas de todos los colores y las ideologías, que se encontraban allí para hacer de aquella pequeña tienda el ágora de un pueblo; agradecer el arraigo profundo con lo campesino que nació tras un mostrador de madera mientras veía llegar señores de sombrero y mujeres coloridas, que venían sonrientes a traernos plátanos, yucas y naranjas de regalo; agradecí la comprensión ilógica del color que seguro me viene de aquellas mujeres pero también de la organización geométrica de cientos de paquetes de productos que se disponían en entrepaños con especial cuidado: el azul del jabón rey, el rojo de la Kola granulada, el verde de las lentejas, el amarillo de la mantequilla y el maíz, el rosado del “moresco”, el vinotinto de los frijoles, las florecitas del jabón “parami”, etcétera; agradecí las tardes de chisme y tinto en el quicio de la puerta en las que aprendí a tejerme desde el ombligo con mi hermanita y mi mamá, con mis tías, mis vecinos y mis amigos; agradecí a cada grano de arroz, de frijol y de maíz que al ser vendido pagaba mi universidad y mis libros… no tuve más opción que agradecer.

Aún tengo un poco de nostalgia por eso que fue y no será más, pero es una nostalgia bonita que aunque me llena los ojos de lágrimas también me da, como en mercado campesino, una sonrisa de ñapa.

Pero más allá de esa nostalgia siento que me crece una indignación profunda, una revoltura de panza por cada campesino y campesina que como mi papá y mi mamá deben perder su tierra por la imposibilidad de “competir en el libre mercado”, por la imposibilidad de tener una economía sostenible ante un Estado que exige tributación pero no devuelve derechos materializados, por la imposibilidad de no lograr mantenerse en píe, resistiendo con alternativas frente a los grandes capitales y a sus intereses legales e ilegales, por la imposibilidad de hacerle entender a las nuevas generaciones que no esta mal alimentarse de aguapanela y frijoles en vez de Kellogg’s y Coca-cola, la imposibilidad de hacerle entender a la gente educada por una pantalla y mil programas superficiales la importancia de consumir local y contribuir a las pequeñas economías y no a las grandes marcas y los productos importados… Pero bueno, lo importante de que esta indignación me crezca por dentro es que la indignación siempre da como cosecha acciones, da nuevas luchas y da posibilidades de nuevos mundos posibles; lo importante de esta indignación es que ha hecho que no solo lleve La Tienda por dentro, sino que cada día a través de los valores, los pensamientos y las acciones yo sea un poco La Tienda.

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